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DO THE RIGHT THING

5 Sep

Foto tiendaQueridas alumnas, queridos alumnos,

 

En primer lugar, me gustaría empezar a escribir este post anunciando un cambio en las que serán mis siguientes publicaciones en este blog. Vi vuestra foto de la graduación en el Facebook de la universidad, y me alegré enormemente. Bienvenidas y bienvenidos al mundo de la sociología, con certificación académica.

Tras ver la foto pensé que, aunque  habíais dejado de ser la clase a la que no ha mucho tiempo di alguna que otra sesión más junior que magistral, yo quería continuar siendo vuestra “profesora” un rato más.

O simplemente, la socióloga que vive en Londres, que trabaja en una tienda de ropa, y que  sigue queriendo mantener este blog llamado “Filling the Gap”, para seguir escribiendo y ejercitándome, no tanto en la tarea de “enseñar” (que a veces me parece un tanto pretencioso, que me da hasta vergüenza), sino en la tarea no menos compleja (requiere tiempo y mucha sinceridad…que a veces también me da hasta vergüenza) de compartir mi experiencia.

No sólo para vosotras, para vosotros, sino para quien lo lea.

Y dicho esto…

Hoy: “Do the Right Thing”.

En la tienda en la que trabajo, somos cinco personas. Tres hombres, dos mujeres. El manager es un hombre que tiene 31 años, la segunda de a bordo (la “assistant manager”) es una mujer que tiene 60.

El ambiente de trabajo es agradable, nos llevamos bien, y nos ayudamos. Lo que no quita que desde el momento en el que comencé a trabajar en la tienda, me diera cuenta de que tenía que hacer una “elección” entre dos equipos: el masculino, de ellos y el femenino, de ella.

Uno de mis compañeros, ya el primer día me avisó de que “no te preocupes por ella, que se estresa demasiado, y siempre quiere que estemos haciendo algo”. Mi jefe también me confirmó lo mismo: “se estresa mucho, tú no te contagies y ve aprendiendo las cosas de la tienda poco a poco”. Ahí empecé a hacerme una idea de cómo era la dinámica de trabajo, la dinámica de “equipo” de la tienda.

Todo el mundo trabaja, todo el mundo hace de todo. Cuando ellos están solos en la tienda, todo está ordenado, bien organizado, pero siempre encuentras cosas que colocar, algo que limpiar, alguna etiqueta que poner. Cuando está ella, la tienda está…perfecta.

No hay más que verla, una mujer organizada, rápida y eficaz. Ellos también lo son. Organizados, rápidos, eficaces, pero sin duda alguna, ahora puedo decir que se dejan querer un poco más.

Al principio, me las veía y deseaba para encontrar algo que hacer si ella había estado poniendo todo a punto. Y sobre todo, me las veía y deseaba para lograr que aquello que quedaba por hacer (que básicamente ella dejaba sin hacer para mí), lo hiciera de la forma que ella quería que se hiciera.

Pero yo quería hacer las cosas bien, y quería saber cómo hacerlas bien. Así que le preguntaba mucho, todo el rato, porque eso sí, ella siempre me explicaba, me explica, con paciencia y todo lujo de detalles como se “tienen” que hacer las cosas, para que las cosas estén “bien”.

Creo que esa fue mi forma de hacer evidente que me había unido a “su” equipo. El equipo de las chicas, que hacen las cosas bien, que hacen lo que se tiene que hacer.

Just the right thing.

Al empezar a trabajar en la tienda, rememoré esa sensación de cuando empiezas a ser adolescente y parece que tienes que elegir entre seguir haciendo las cosas “bien” (cuadernos limpios y ordenados, libros que al final de curso parecen seguir siendo nuevos, estuches con bolis y lápices de todos los colores), o pasarte al “lado oscuro” o…bueno, más “relajado”, que siempre me ha parecido que era más “de chicos”, que “de chicas”.

Ser más mayor no era cuestión de ir aprendiendo a hacer las cosas “bien”, sino de hacer las cosas de forma que pareciera que “no te importaran”.

Aún recuerdo el primer día de instituto (yo hice BUP y COU), en el que mi amiga Ana y yo, decidimos dejar atrás por primera vez en nuestra vida nuestra pasión por los accesorios de papelería y en vez de comprarnos un cuaderno nuevo y bonito para el día de la presentación, decidimos (con todo el dolor de nuestro corazón) llevar sólo un folio que –y esto es lo mejor de todo- doblamos mal a propósito, metido en el bolsillo del pantalón.

También me viene a la cabeza cuando tuve mi primer ordenador portátil, que siempre que acababa de usarlo lo cerraba con mucho cuidado, quitaba los cables y los recogía. Un día, mientras hacía esto,  un amigo me hizo el siguiente comentario “qué envidia me das cuando haces eso. Yo soy un desastre con mis cosas”.

Tras esto, mi sucesión de pensamientos fue la siguiente:

1- “Si se asombra de esto, no quiero pensar que habría dicho si hubiera visto cómo tenía yo a mis Barbies con 10 añitos, que no les faltaba un perejil”.

2-  Al experimentar de pronto cierta vergüenza ante su observación, no quedó otra que preguntarme “¿Por qué me siento mal por hacer las cosas bien?”.

Siempre me ha llamado la atención esa sensación de vergüenza que a veces tenemos las chicas por hacer las cosas cómo se nos ha enseñado que hay que hacerlas, cómo se nos ha enseñado que se hacen para que estén bien hechas.

Todo, como siempre tiene su explicación sociológica. En este caso, la explicación tendría que partir de dos conceptos tan básicos como son el “proceso de socialización”, y las “diferencias de género”. Chicos y chicas somos educados de forma diferente y diferenciada.

Nada nuevo bajo el sol.

Aunque podríamos dar muchos ejemplos de estas diferencias, comenzando por el catálogo navideño de juguetes, y terminando por los anuncios de coches y de perfumes, pongo aquí, para terminar, algunos que se me ocurren,  enlazan con la idea planteada sobre las diferencias entre las chicas y nuestra educación en “haz las cosas bien”, y los chicos y su educación en “haz las cosas” (sin más).

Y así por ejemplo:

  • Me acuerdo de cuando estaba en la universidad, cuando visitaba pisos en los que sólo vivían chicos en los que te encontrabas servilletas en el cuarto de baño, una nevera con alguna pieza de fruta o verdura testimonial y embutido; y cuando visitaba pisos de chicas en los que te encontrabas papel higiénico en el baño, nevera con comida y yogures en cada estante y fotos de familia y amig@s en los dormitorios. “Piso compartido” vs “hogar”.
  •  Me planteo seriamente hacer un estudio cualitativo en el que poder recoger las diferencias entre cómo quedan los probadores en mi tienda cuando es un hombre el que se prueba camisas, y cuando es una mujer (que algunas a veces terminan de probarse y te dejan la camisa de nuevo en su percha abotonada y todo…Pa comérselas).
  •  Una de los comentarios que más escucho cuando hablamos entre chicas de ese utópico-hipotético día en el que se decida invertir en píldoras anticonceptivas para hombres  es el de “mmmh…pero no sé yo si me fiaría de que no se olvidaran algún día de tomar la pastilla, que ya sabes cómo son”.

Y con esta reflexión teórica + ejemplos prácticos, termino por hoy. Otros ejemplos serán más que bienvenidos, por supuesto.

Esperando que a la presente estéis bien, se despide

Beatriz Bonete.

 

PD: Supongo que no hace falta aclarar que aquí hablo de forma GENERAL, sin sentenciar que todos los chicos sean de una forma y que todas las chicas sean de otra. Aún así, también te digo que al que le pica, ajos come.

PD2: La foto de este post muestra el estado en el que quedó uno de nuestros estantes en la tienda, después de que un jovenzuelo pasara más de media hora sacando y metiendo camisas mientras mi compañera, mis compañeros y yo le  mirábamos hacer y deshacer con una gota enorme en la frente, tipo dibujitos manga.

 

Recomendación de cine:

Aunque “Do the Right Thing” es una película de Spike Lee muy recomendable de ver, para este post, viene más al pelo esta película, del año 2009, “An Education”.

Recomendación musical:

Para ser buenas, y hacer las cosas bien de verdad, hay que escuchar a la Mala Rodríguez. Cómo no.

MISEDUCATION …o miedo y asco en San Fermines

17 Jul

Yo también

En 1992 tres chicas fueron secuestradas, violadas, torturadas y asesinadas cuando se dirigían a una discoteca en Valencia. Era el caso de “las niñas de Alcasser”, del que se estuvo hablando durante mucho tiempo. Un suceso que ese año conmocionó a todo el país, y que, marcó a toda una generación de niñas, ahora mujeres, que por esa época empezábamos a salir por las noches.

Nos marcó a nosotras pero también a nuestros padres y madres, que si ya de por sí nos iban dando un progresivo permiso para que saliéramos con advertencias de todos los colores, ahora además tenían un ejemplo de lo más evidente al que agarrarse para dejarnos bien claro que teníamos que tener mucho cuidado cuando salíamos a divertirnos por la noche.

Las chicas crecemos aprendiendo miedos. Miedos de situaciones que pueden ocurrirnos por el hecho de que somos chicas. No hay más. Las chicas crecemos aprendiendo a estar alerta. Más de una vez, y más de dos he escuchado a padres que hablan de sus hijas pequeñas, “temiendo” cuando llegue la etapa adolescente, porque “son hombres y saben lo que hay”.

Y lo que hay, lo que aprendemos es muy básico. Aprendemos que las noches pueden ser peligrosas. Aprendemos que lo que hacemos por la noche, cuando salimos a divertirnos, puede ser peligroso. Aprendemos que tenemos que estar alerta, tener cuidado de los chicos, de los hombres. No importa si son amigos o desconocidos, si son de nuestra edad o mayores, si tienen “pintas de lo que sea”, o son chicos “normales”. Son chicos, hombres y hay que tener cuidado.

Las chicas crecemos así. Aprendiendo el miedo. Intentando evitarlo.

Las chicas crecemos con el “ten cuidado” y el “no vuelvas sola”. Porque siempre algo te puede pasar. De hecho, pocas son las chicas que he conocido que no hayan vivido, al menos alguna vez en sus vidas, alguna mala experiencia en esas noches en las que sales a divertirte y de pronto te ves envuelta en una de las situaciones imaginarias que tus padres te han dicho y redicho que pueden pasarte, y que al final, te pasan. Algunas las cuentas, las compartes, otras las callas.

Las chicas crecemos y somos educadas en el miedo. Pero también en la vergüenza, y en la culpabilidad de que el peligro está en nosotras, y sobre todo, en nuestro cuerpo.

Hace unas semanas en un taller de feminismo, expliqué lo que yo llamo “la perspectiva de género” cuando estoy buscando un piso de alquiler.  Siempre a la gente le gusta ver los pisos de día, para valorar la luz que entra en la casa, si es mucha o poca, si es durante el día o por la tarde…A mí me gusta además visitar el piso, la zona, de noche. Quiero evaluar la “seguridad” que me dará cuando vuelva tarde a casa. Si hay suficientes farolas, si es una zona residencial en la que no hay nadie, o si es una zona con bares que puedan estar abiertos.

En ese taller contamos además con la (muy sincera) aportación de varios chicos que contaron su experiencia “desde el otro lado”. Desde el lado de estar volviendo a casa de noche, y ver que hay una chica andando delante de ellos, que de pronto los mira y comienza a aligerar el paso. Uno de ellos contó que él en esas situaciones cambia el ritmo y comienza a andar más lento. Un cambio de ritmo que viene a decir “puedes estar tranquila, que no te voy a hacer nada”. Al hilo de esto, comentaban también la incomodidad que les supone verse y reconocerse como un “potencial peligro”, por el simple hecho de ser varones. No es nada nuevo, de todas formas. Nada que no sepamos, aunque sí que sea algo de lo que se habla poco, sobre todo en entornos masculinos.

Lo que ocurre es que nuestra “educación en el miedo” siempre ha tenido más énfasis en situaciones que impliquen que estemos solas, que sea un ambiente de fiesta (y que haya por tanto alcohol y/o lo que se encarte),  y que sea de noche. Así, lo que ha ocurrido durante la semana pasada, con toda esta sucesión de noticias y fotos de chicas siendo manoseadas por chicos en los San Fermines de este año contradice estos principios de educación preventiva en ambientes nocturnos.

Esto que ha pasado, y que tanto eco mediático ha tenido, nos viene a “re-enseñar” que las chicas no sólo tenemos que temer que sea de noche y que estemos solas, sino que además tenemos que tener cuidado incluso cuando estamos rodeadas de mucha gente, a plena luz del día.

Las mujeres no sólo sentimos miedo ante todas estas situaciones que primero aprendemos y luego sabemos, que nos pueden pasar. Cuando somos objeto de experiencias similares a las que han vivido muchas chicas en San Fermines este año (y años pasados), además de sentirnos agredidas y degradadas, nos da mucho asco.

Da mucho asco pasar delante de un grupo de chicos y aguantar comentarios absolutamente obscenos de “cosas que te harían”.

Da mucho asco además que cuando les insultas tú a ellos, o directamente pasas (no porque no quieras insultarlos sino porque si vas sola siempre piensas que es mejor callar y no provocar ninguna situación en la que porque vas sola y eres chica puedes salir perdiendo, y mucho), te digan que “encima que te están diciendo algo bonito”…

Da mucho asco esperar en una cola en la que hay mucha gente y sentir de pronto que el chico que está detrás de ti se te pega innecesariamente.

Da mucho asco que te toquen cuando tú no quieres que te toquen, donde tú no quieres que te toquen (donde no pueden tocarte sin tu consentimiento), quién no quieres (ni tiene derecho alguno) a hacerlo.

Las chicas somos educadas de forma preventiva respecto a cómo tenemos que manejar y evitar situaciones peligrosas que impliquen a varones potencialmente agresores. Pero la pregunta que queda siempre en el limbo es ¿bajo qué principios preventivos educan a los hombres?

La conclusión puede que se reduzca a la utilización de una estrategia tan sofisticada como retrógrada por parte de ciertos varones, para demostrar que el espacio público sigue siendo “cosa de hombres”. Pero quiero creer también que todo este revuelo mediático por lo ocurrido en San Fermines es una señal de que ya vamos reconociendo  lo que es una agresión sexual, que tiene que denunciarse y, por supuesto, prevenirse.

Mientras tanto, las chicas seguiremos con nuestra alerta (aprendida y reaprendida) activada, agradeciendo la conciencia y la intención de esos chicos que deciden “cambiar el ritmo”.

 

Nota: Destaco dos de los artículos, de los muchos que han aparecido) que han abordado este temas (recomiendo leer los artículos, y también los comentarios publicados): “Tetas y Toros” publicado por por Pikara Magazine,  “La revuelta de las neuronas”, de Jorge Moruno, y “Asco en el Tahir pamplonica”, de Jesús Moreno Abad, ambos publicados en Público.